Álvar Fáñez, el héroe de la frontera del Tajo

Antonio Pérez Henares
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Primo hermano del Cid, supo serle leal a él y serlo también siempre al Rey Alfonso VI

Escultura de Álvar Fáñez en el puente San Pablo, en Burgos. - Foto: Patricia

Desde Orbaneja del Castillo, a orillas del Ebro, la villa burgalesa donde nació, a la ciudad de Segovia, en la que murió a manos cristianas tras haber combatido durante 50 años a los musulmanes, la vida de Álvar Fáñez está marcada por dos lealtades a las que fue fiel siempre. Al Rey de Castilla, fuera este Sancho II, Alfonso VI o Urraca y a su anaí, su hermano, su primo de Vivar, Rodrigo Díaz que así le llamaba mi-ana, utilizando la palabra vascona que les era tan cercana, y que acabó por ser su seña de identidad: Minaya. No le fue fácil cumplir con ellas pero supo hacerlo y a la postre pagó con su vida mantenerla.

Los dos primos hermanos, posiblemente por el lado materno, Álvar y Rodrigo, jóvenes infanzones, entraron muy pronto al servicio de Fernando I de Castilla y de León, quien los armó caballeros en la Iglesia de Santiago, apodada precisamente de los caballeros, de Zamora. A su muerte, y tras la división del Reino, adquirieron rápidamente relevancia en la corte castellana, de Sancho II, como armigier, portaestandarte y precursor del alférez real y ambos fueron determinantes en las batallas contra su hermano Alfonso VI que culminó con su prisión tras derrotarlo en la de Golpejara. Allí ya se pondrían en valor las dos esenciales características guerreras de cada uno. La capacidad de aguante y resistencia del uno y la osadía estratégica del otro. Álvar aguantó la embestida leonesa que llegó a hacer prisionero a Sancho, y Rodrigo fue quien, en un inesperado y audaz contraataque, no solo liberó a su Rey sino que tomó prisionero a Alfonso.

Tras la traicionera muerte de Sancho ante las murallas de Zamora, ambos siguieron siendo relevantes, aunque en menor grado en la corte de Alfonso retornado de su exilio en Toledo, donde había estado al amparo de Al-Manun, señor de toda la marca media musulmana, desde Talavera a Medinaceli y por el sur hasta allende del Guadiana. Su ascenso en la escala social es también notorio, pues si Rodrigo casó con Jimena, hija del conde de Oviedo, Álvar lo hizo con Elio, la hija del mas poderoso y fiel vasallo del Rey Alfonso VI, el conde Ansúrez. Esa cercanía al que fuera fundador de Valladolid hizo que la ligazón con el Rey que había de nuevo unificado los reinos de León y Castilla fuera mucho más fuerte para el futuro que la de Rodrigo, aunque parece seguro que ambos siguieron participando juntos en no pocas correrías y enfrentamientos con los moros. Tengo para mí que la algara descrita de manera exacta topográficamente en el primer libro del Cantar de Mío Cid y que narra la cabalgada de la mesnada al mando de Álvar por el valle del Henares, desde Castejón hasta Guadalajara, forma parte de una de estas razzias compartidas e incluso que fuera además causa del primer exilio del Campeador por haber tocado territorio toledano.

El capitán del Rey Alfonso VI de León nació en la localidad burgalesa de Orbaneja del Castillo.El capitán del Rey Alfonso VI de León nació en la localidad burgalesa de Orbaneja del Castillo. - Foto: Ángel AyalaSus vidas se separan luego en la Historia, Álvar va a ser alguien cada vez más próximo a Alfonso y el Cid cada vez más enfrentado, pero su lealtad mutua y personal van a estar siempre por encima de ello y, además, van a quedar para siempre unidos por la leyenda y el poema épico mas hermoso del mundo y cuna literaria de la lengua española universal ahora. En él, Álvar será la mano derecha, el amigo siempre leal y al lado de Rodrigo, enaltecido por él siempre pero también secundario.

La historia real, sin embargo, reivindica la figura de Fáñez, y sobre todo tras los últimos documentos hallados, entre ellos la biografía del último rey zirí de Granada, Al Allah, su contemporáneo, la pone en valor como el personaje más determinante y poderoso de toda la Extremadura castellana, el máximo mando castellano al frente de las tropas de la frontera y de sus temibles Pardos.

Álvar Fáñez aparece en los documentos de la cancillería como el primer alcaide del castillo de Zorita de Los Canes, que Alfonso se hizo entregar por el nieto de Al Mamun, y que era la llave de todo el Tajo en su tramo alto. Algo que es recogido con énfasis en el poema «Minaya Álvar Fáñez, el que Zorita mandó» y que prueba la importancia de la impresionante fortaleza islámica construida con las piedras del palacio y la basílica de la ciudad visigoda de Recopolis.

Orbaneja es conocida por su impresionante cascadaOrbaneja es conocida por su impresionante cascada - Foto: Ángel AyalaPoco después y mientras Rodrigo está en Zaragoza con su mesnada y capitaneando los ejércitos de sus reyes, los Ben Hud, Álvar se halla presente junto al Rey castellano en la entrega de Toledo (1085), un hito decisivo y del mayor simbolismo, como capital que había sido del Reino visigodo, en la Reconquista. Tras ello, Álvar es nombrado el primer alcaide cristiano de la ciudad y es quien ocupa el alcázar de los Di-il-Num llevado a su esplendor por Al-Mamun. Es nombrado capitán jefe de las fuerzas y es el encargado de tomar posesión de todas las grandes plazas del Reino y así lo ejecuta haciéndoselas entregar y venciendo la escasa resistencia que se le opuso, en los casos de Alcalá, el propio Madrid, entonces de muy poca importancia, Guadalajara, la más poblada y en cuyo escudo figura entrando en una noche de luna llena por el Torreón que conserva su nombre. Tras llegar a su Zorita ha de cumplir otra misión: entronizar en Valencia al depuesto reyezuelo toledano, Al Qadir, a quien impone en la ciudad con la fuerza de las 400 lanzas castellanas, que se acantonan en la afueras de la urbe, en el arrabal de Ruzafa.

 

Los fanáticos almorávides

La toma de Toledo va a provocar la llamada y reacción de los fanáticos y terribles almorávides, que habían creado un imperio rigorista en todo el Magreb y que desembarcan en la Península. Para apoyar a su Rey, Álvar habrá de dejar Valencia, lo que sellará el final del Al-Qadir y propiciará que el Cid vea la oportunidad y logre al cabo tomarla para sí, y Fáñez se convertirá en el defensor de la frontera contra los nuevos enemigos, que los vence en Sagrajas, aunque la victoria no tiene consecuencias territoriales y Álvar se convierte en el señor de un extenso territorio que traspasa el Tajo y domina toda la tierra hasta Cuenca entre ellas las fortificadas Huete y Uclés. «La tierra que fue de Álvar Fáñez», dirán las crónicas musulmanas. Estas cuentan también el temor y el respeto de los propios almorávides, que primero se habían encargado de acabar con quienes consideraban desviados reyezuelos de las leyes coránicas enviándolos al Sáhara encadenados como hicieron con Almotamid de Sevilla y Abdallah de Granada, o asesinándolos, como a Almutawakil de Badajoz y ahora ya se lanzaban contra la frontera. La caballería de Álvar, la más temida por los musulmanes con permiso de la de su primo Rodrigo, que ahora en cierta manera le flanqueaba ya como señor de Valencia, estaba compuesta por los curtidos Pardos, fronteros castellanos acostumbrados a todas las penalidades y peligros, y los aún mas terribles Dawair, tornadizos, tropas islámicas que, tras el asesinato de sus señores andalucíes o las ofensas que les infringían los almorávides, pasaron a combatir del lado cristiano.

Fue Álvar Fáñez quien, a pesar de las derrotas, logró salvar la línea del Tajo. Al lado del Rey Alfonso había tenido que ceder el campo en Sagrajas, pero peor fue lo de Uclés, donde el único hijo varón del Rey, Sancho, hijo de la princesa árabe Zaida, de tan solo 12 años -«que sabía montar pero aún no tenía fuerza para defenderse»-, fue muerto junto a los siete condes castellanos, entre ellos su ayo, y enemigo mortal del Cid, García Ordóñez, que murió heroicamente intentando protegerlo con su cuerpo. Álvar aún logró salvar a buena parte de las tropas, cruzar la sierra de Altomira y refugiarse en Zorita.

 

Los enemigos del Cid

La enemistad del Cid con García Ordóñez y la escasa sintonía con Álvar provenía de tiempos atrás, de asuntos en la Corte, del incidente en Sevilla que acabó con el conde preso y humillado, pero había tenido unos años antes de Uclés un colofón terrible y desdichado para Rodrigo. Amigado de nuevo con Alfonso, este envió en su apoyo a su hijo Diego de ya 20 años al mando de su mesnada junto al Rey y Minaya. Fue la batalla de Consuegra en la que las tropas cristianas fueron vencidas, y hubieron de refugiarse en el castillo y la tragedia se abatió sobre el Campeador porque perdió en ella a su primogénito y único varón. Se achacó al conde Ordónez, Álvar a la cabeza, el haber dejado desguarnecido el flanco de los cidianos, no haberle socorrido y haberse puesto a salvo en cuanto las cosas comenzaron a ir mal dadas.

Los ataques almorávides se recrudecieron y el Cid aguantó hasta su muerte, pero tres años después Álvar hubo de llegar a Valencia con el Rey Alfonso para evacuar a su viuda Jimena y abandonarla ante la imposibilidad de defenderla. Después llegaría la peor derrota. Uclés y la muerte de los mejores efectivos de la caballería castellana.

Pero Uclés no rindió a Fáñez. Prosiguió tenaz su resistencia y devolvió golpe por golpe. Volvió a retomar Cuenca que se había perdido, aunque a la postre volvió a serle arrebatada, pero logró conservar Toledo, donde los escritos le señalan como «princeps» ante el ataque más feroz del emir Ben Yusuf Tasufin. Diez días de asalto soportó y en un momento que parecía que la defensas de la Puerta de Almoguera, tomado ya por los moros el castillo de San Servando, iban a sucumbir, una salida desesperada de Álvar al frente de sus mejores tropas contuvo a los asaltantes y quemó sus máquinas de guerra, haciéndoles retirarse. Toledo estuvo entonces en un brete de volver a manos musulmanas y solo la tenacidad y capacidad para resistir de Álvar salvó a la ciudad símbolo.

Para entonces, Álvar se había quedado solo y abandonado a su suerte en la frontera. La guerra interna había estallado entre los cristianos. Alfonso VI había muerto y su hija Urraca se había malcasado con Alfonso I de Aragón, el Batallador. Estalló el conflicto entre ellos y con el intento del aragonés de apoderarse de Castilla apareció, además, como tercero en discordia el hijo de la Reina con su anterior marido, Raimundo de Borgoña, que a la postre sería un día Alfonso VII el Emperador. Pero Álvar aguantó con sus Pardos y sus Dawair. Hubo día que vio perdida la propia Zorita, pero al final la alcazaba resistió, como sucedió también en Talavera, pero sí le tomaron Alcalá.

Era ya casi un anciano, pero la fortuna le tenía deparada un trágico sarcasmo final. Tras combatir medio siglo con los musulmanes, no iba a ser una cimitarra quien acabara con él. En Segovia, defendiendo, fiel a la palabra empeñada en el lecho de muerte de su Rey, a su hija Urraca, a la salida de los oficios de la Pascua Mayor fue atacado y muerto por los partidarios de Alfonso I de Aragón. 

Murió leal a la Reina de Castilla, como leal había sido a su primo hermano, Rodrigo, junto a él dice la leyenda que quiso ser enterrado y así figura hoy en el monasterio, en San Pedro de Cardeña. Allí, junto a los sepulcros del Cid y de Jimena, se encuentra su lápida.