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El reencuentro con la paz más allá de las bombas

Cayetano G. Lavid
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Más de una decena de ucranianos llegan en furgonetas en busca de refugio en Logroño, donde algunos ya tenían a familiares asentados

Los ucranianos que llegaron ayer pisan al fin tierra firme y se reúnen con sus familias de acogida en Logroño. - Foto: Óscar Solorzano

Como si de las campanas de una iglesia se tratase, las bombas caen a lo largo de Ucrania con una cadencia propia y «sabes que está a punto de caer otra cuando ya ha pasado demasiado desde que explotó la última». Así cuenta su día a día en Kiev Liudmila, una de las ucranianas que llegó ayer a Logroño gracias a la iniciativa de tres compañeros de trabajo que, ante las imágenes de horror en los informativos, decidieron salir al rescate de tantos ucranianos como les fuera posible. Hace un mes fletaron un autobús; la historia se repite ahora pero con dos furgonetas.

Los artífices de esta historia son Paula, Vicente y Jesús, quienes, de forma voluntaria y con una «concatenación de favores y contactos» fueron consiguiendo llenar estos vehículos con todo tipo de ropa interior, pañales, café o torniquetes.

Una vez en la frontera de Polonia, el espacio que quedaba libre se ocupó con una gran compra de alimentos. Y con el cargamento ya fuera y los asientos vacíos se procedió a llenar de nuevo cada una de las 16 plazas que suman ambos vehículos, en este caso, con personas: todos los ucranianos que pudieron llegar hasta la frontera de su país para abandonarlo como refugiados de la guerra.

Liudmila es una de estas mujeres. Llegaba a Logroño con el corazón dividido: por un lado, triste por tener que huír, pero por el otro, alegre, ya que ahora se reencontraría con su hija y su nieto, que llegaron a La Rioja un mes antes. «No se podía vivir en Kiev. No hay seguridad para las familias ya que las bombas no cesan», contaba. Y añadía agradecida: «No puedo agradecerles lo suficiente a estas personas por haber hecho posible que esté aquí».

De una de las furgonetas se bajaba un matrimonio, que se reencontraba en el aparcamiento con su hija, que trabaja en Logroño desde hace 8 años. «Lloramos mucho, de rabia, por lo que nos ha sucedido, pero también de emoción, porque jamás pude imaginar que mi padre podría salir del país», reconoce. Impactada aún por la relidad, explica que se enteró de la expedición de la furgoneta por un cartel en la guardería de su hijo y los responsables de este viaje hicieron el resto por traer a sus familiares.

Paula, que estuvo presente en todo el trayecto, explica que no ha observado un cambio notable en la zona del conflicto, por lo que «esta podría no ser la última expedición» que organicen, sentencia.