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Personajes con historia - Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera

Jefe del Regimiento ‘Alcántara’ en su heroico sacrificio en Annual


Antonio Pérez Henares - 19/07/2021

Este año de 2021 y este julio se cumple el siglo de una de las más tristes efemérides de la Historia militar española: El Desastre de Anual. La terrible derrota y la todavía más espantosa matanza de las tropas desplegadas en Marruecos a manos de los rifeños mandados por Abd-el Krim. Pero es también momento de recordar la página más heroica firmada por el regimiento de caballería Alcántara y el sacrificio de la práctica totalidad de sus miembros para proteger la retirada del ejército vencido e intentar, a costa de las suyas, salvar las de los demás. Al frente de aquella epopeya cabalgó y murió su jefe, el teniente coronel Fernando Primo de Rivera y Orbaneja.

Sucintamente los hechos ocurridos pueden resumirse así. En febrero de 1920 el general Silvestre llega a Melilla, se hace cargo del mando e inicia desde allí los avances por territorio rifeño. El 15 de enero de 1921 toma Annual y 7 de junio llega a su máxima penetración ocupando Igueriben para asegurar la comunicación de todo su despliegue.

Entonces comienza la contraofensiva de Abd-el-Krim el día 17 de julio, que ya tiene cercada Igueriben y las bajas españolas y sus dificultades de abastecimiento, desde agua a munición, empiezan a ser muy graves.

Jefe del Regimiento ‘Alcántara’ en su heroico sacrificio en Jefe del Regimiento ‘Alcántara’ en su heroico sacrificio en El teniente coronel Fernando Primo de Rivera queda al mando del regimiento Alcántara al pasar su coronel Francisco Mamella al frente de todo el distrito de Annual.

El día 21 de julio, la presión rifeña es tremenda y Annual queda cercado. El general Silvestre evacua a su hijo Miguel a Melilla, ordena al coronel Manella dirigir la retirada pues considera imposible resistir en esa posición, se va a su tienda y se pega un tiro en la cabeza. Cae Igueriben. Los rifeños acosan y hostigan a la tropas en retirada. El coronel Manella, defendiendo la retaguardia de sus columnas, ya casi en desbandada, muere abatido en las cuestas de Izumar.

El general Navarro que ha sustituido a Silvestre ordena al Alcántara que tapone a toda costa la brecha y contenga a los rifeños para que el grueso del ejército pueda alcanzar la posición de Monte Arruit a la que se dirige desde Melilla el propio Navarro.

Jefe del Regimiento ‘Alcántara’ en su heroico sacrificio en AnnualJefe del Regimiento ‘Alcántara’ en su heroico sacrificio en AnnualPrimo de Rivera les dice a sus oficiales: «La situación es crítica. Ha llegado el momento de sacrificarse por la Patria. Que cada uno ocupe su puesto y cumpla con su deber». Ese mismo día las columnas en retirada, con su ayuda, rebasan a la caballería y el Alcántara queda como ultima defensa ante la oleada enemiga que viene detrás y que se despliega por sus flancos.

El día 23 de julio, 13 jóvenes cornetas tocan a retreta del día que va a convertirse en tan glorioso como sangriento para todo el regimiento. Ninguno de ellos llegará vivo a la noche.

Ya de mañana comienzan las cargas para defender la retaguardia, escoltar a los heridos y seguir permitiendo que las columnas sigan retirándose, alcanzando ya la posición de Dar Drius, a la que ha llegado el general Navarro. Este, sobre las 13,30 ordena al Alcántara lo que bien sabe supone sacrificar a todo el regimiento: Adelantarse al cauce seco del río Igan, despejarlo, y permitir que la retirada que ya se convierte en general y total desbandada, atraviese por aquel lugar convertido en un infernal embudo, pueda alcanzar el monte Arruit.

Jefe del Regimiento ‘Alcántara’ en su heroico sacrificio en AnnualJefe del Regimiento ‘Alcántara’ en su heroico sacrificio en AnnualTodos los jinetes, desde su jefe al último soldado, saben que su destino más cierto va a ser el morir.

Su teniente coronel se dirige a ellos con estas palabras: «¡Soldados!, Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada uno cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos».

Ciertamente lo demostraron. Habían cargado ya antes por la mañana en varias ocasiones contra el enemigo y lo habían hecho huir. Pero ahora, ya dueños estos de todo el terreno, en ingente número y pudiendo dispararles desde todos los lados, las cargas resultaban mortales para jinetes y caballos. Pero no por ello dejaran de darlas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y hasta siete veces del galope, al trote, y de allí al paso y algunos hasta a pie.

De esta manera magistral lo describió Arturo Pérez Reverte:

«Siete veces cargó Alcántara monte arriba y sable en mano, reagrupándose tras cada carga, cada vez menos hombres, más heridos, exhaustos y sedientos jinetes y caballos, una y otra vez bajo la granizada de balas enemigas, entre las zarzas y parapetos rifeños, tan diezmados y agotados al final que la última carga, octava del día, hubo que darla con los caballos al paso, pues ya no podían ni trotar; y aún después se continuó ladera arriba, a pie, combatiendo al arma blanca. Cargaron los soldados, y también el joven trompeta de 15 años que llevaba el cornetín de órdenes. Y cuando a la quinta o sexta carga ya no hubo hombres suficientes para cerrar las filas, cargaron también, aunque nadie los obligaba a ello, los tres alféreces veterinarios, y el teniente médico, y hasta el capellán fue adelante con la tropa. Y cuando ya no quedó nadie a quien recurrir, cargaron también los 14 maestros herradores, y con ellos los 13 chiquillos de 14 y 15 años de la banda de música del regimiento; que, como el joven corneta de órdenes, murieron todos. Y al anochecer, cuando los supervivientes consiguieron llegar a la posición de El Batel, agotados, llenos de heridas, caminando entre las sombras con sus extenuados caballos cogidos de la brida, de los 691 hombres del regimiento solo quedaban 67».

Y así lo deja, lacónicamente, anotado uno de los partes oficiales: «El enemigo parapetado en trincheras hechas en la loma de Dar-Azugar a la izquierda de la carretera y en las kabilas de la posición de Amersdam, impedían el paso con su fuego habiendo detenido a dos camiones de los que conducían heridos, rematándolos. Y teniendo que dar varias cargas y repetidas cargas para desalojarlos de sus posiciones haciéndonos muchas bajas, restableciendo de esta forma la comunicación por la carretera».

Masacre en el Rif

Tras conseguir su objetivo, logrado abrir el paso, permitir la huida de los últimos que se retiraban, agotados los caballos, rendidos los jinetes y alejado el enemigo, se incorporaron a la columna en dirección a Batel y Monte Arruit, caballos heridos, jinetes desmontados y al frente de los mismos su jefe también desmontado, muerto Pirote y herido su tordo Carbonero al que habría de sacrificarse después.

El regimiento ya casi ha desaparecido. Las bajas son estremecedoras. Apenas uno de cada 10 ha sobrevivido y aún menos entre oficiales y suboficiales. Y la mortandaz va a continuar. Empezando por su jefe, que es alcanzado por una granada en Monte Arruit que le destroza un brazo. Se lo amputan sin anestesia y el pide tan solo algo que pueda morder para soportar el dolor pero a pesar de la tremenda cura se gangrena y acaba por morir el 6 de agosto. Muchos de los otros van a perecer después cuando tras el rendimiento de la posición y acordar Navarro la entrega de las armas y que se respetarían las vidas de los prisioneros, estos son masacrados de inmediato hasta no dejar con vida apenas al propio Navarro y el grupo de oficiales que se rindió con el, que hubieron de asistir a la matanza de todos sus hombres. El número de quienes finalmente se salvaron del Alcántara puede contarse casi con los dedos de las manos.

Pero su gesta quedó impresa en la memoria y para siempre de la caballería española. El teniente coronel Primo de Rivera fue condecorado, al igual que algunos otros miembros del regimiento a título individual, con la máxima condecoración de nuestros ejércitos. La Laureada de San Fernando. Y al final, aunque 91 años después, recientemente, durante el Gobierno de Mariano Rajoy en el año 2012 y tras vergonzosas dilaciones de todo régimen y color lo fue finalmente el Regimiento entero. Amén de causas políticas, pues nada hay de lo que huya más la política que de un desastre que se quería a toda costa tapar y olvidar y de inicio la tramitación del expediente resultó muy difícil por una razón. Los que podían instarla en el momento estaban casi en su totalidad muertos o prisioneros. Pero haberlo tenido guardado en un cajón durante casi un siglo refleja el trato que tantas veces da España a sus héroes.

Una gran familia militar

El teniente coronel, su apellido lo indica de manera ostensible, era uno de los vástagos de una gran familia militar. Su tío fue el instaurador de la Dictadura en tiempos de Alfonso XIII y el hijo de este el fundador de la Falange, Miguel Primo de Rivera. El teniente coronel del Alcántara y su heroico comportamiento nada tienen que ver, excepto por esa relación familiar, con tales vericuetos políticos.

Fernando Primo de Rivera y Orbaneja nació en Jerez de la Frontera en el año 1879. Tras pasar por la academia de Infantería de Toledo en 1898 ingresó en la Academia de Caballería en 1898, donde se convirtió en un excelente jinete y campeón de esgrima. Completó su formación en la Academia de Caballería francesa de Saumur. Tras su ascenso a capitán en 1912, fue destinado al Regimiento de Taxdirt, en Melilla, donde participó en numerosos combates, ganando la Cruz de María Cristina en ese mismo año y ascendió a comandante por méritos de guerra en el combate librado el 15 de mayo en Ulad Garen. Vuelto a España fue profesor en la Escuela de Equitación pero regresó, ya como teniente coronel a Marruecos y con el empleo de 2º Jefe del Regimiento de Cazadores de Alcántara del que se hizo cargo el día 20 de julio, cuando ya todo el frente se comenzaba a derrumbar.

En la defensa de Monte Arruit una granada de artillería le arrancó un brazo y muriendo a consecuencia de la infección de la herida. Hasta que no se recuperó Monte Arruit el 24 de octubre no se pudieron retirar sus restos del lugar en que habían sido enterrados por sus propios soldados. Fue entonces llevado su cadáver a Melilla y trasladado ya en noviembre de 1923 primero a Málaga y luego a Madrid donde a su llegada a Atocha y en un acto presidido por el Rey Alfonso XIII se le impuso al féretro la Cruz Laureada de San Fernando, que le había sido concedida dos días antes en premio a su heroica actuación durante el Desastre de Annual. Recibió sepultura en el cementerio de San Isidro en el panteón familiar, en el que el Arma de Caballería había levantado un monumento, obra de Benlliure este mismo escultor fue el autor de un grupo escultórico que representaba a cuatro jinetes del Regimiento pertenecientes a diferentes épocas y que el 25 de junio de 1931 sería inaugurado a la entrada de la Academia de Caballería de Valladolid.

La laureada colectiva al regimiento habría de esperar, como se ha dicho, 91 años más. El afamado pintor Augusto Ferrer Dalmau ha dedicado a esta gesta varios de sus cuadros más celebrados y puesto en valor aquella heroicidad colectiva y aquel sacrificio asumido en medio del desastre y la incapacidad de algunos de sus máximos responsables del mismo.