scorecardresearch

Personajes con historia - Urraca I de León y de Castilla

La primera reina de la Historia de España


Antonio Pérez Henares - 21/06/2021

No conozco, aunque quizás las haya, a quien ahora lleve su nombre, pero fue el de mayor rango y prosapia durante los tiempos medievales tanto en León como luego en Castilla. Un nombre de infantas y de reinas. De la primera reina que reinó como tal y no como consorte en la Península Ibérica, Urraca I de León y de Castilla. A la soberana no le fue fácil, sufrió lo suyo y no le faltó valor ni tampoco le sobraron virtudes. Pero fue toda una reina. 

 Como fue toda una infanta su tía, con su mismo nombre, la señora de Zamora, a la que habrá también que invitar a estas páginas cualquier día, ante cuyos muros pereció a traición su hermano el rey Sancho II y por lo que se convirtió en soberano su favorito el gran Alfonso VI, conquistador de Toledo. 

Fue Alfonso VI, cantares aparte, un gran rey, de afilada inteligencia y de demostrada bravura. Sin duda, un personaje determinante en su tiempo y en el devenir de la Reconquista, sin embargo, hoy toca hablar de su hija y de cómo llegó a ceñir en sus sienes la corona. El rey Alfonso tuvo cinco esposas, y una amante reconocida pero, a la postre, no hubo varón alguno en su progenie que pudiera heredarle. 

La primera reina de la Historia de EspañaLa primera reina de la Historia de EspañaDe su amante leonesa, Jimena, tuvo dos hijas, Teresa y Elvira. La primera sería la madre de otro Alfonso, que culminaría en rey de Portugal, independizando el territorio de la corona leonesa. La segunda, Elvira casada con el duque de Tolosa sería la madre de Alfonso del Jordán, ya glosado en estas páginas.

De las cuatro esposas legítimas, ni la primera, Inés, ni la tercera, Berta le dieron descendencia. Sí lo hizo la segunda, Constanza y precisamente a nuestra Urraca que, dado el carácter bastardo de sus hermanastras, criadas, sin embargo, como infantas, era la primera en la línea sucesora. Casó con un poderoso noble franco muy allegado a su padre, Raimundo de Borgoña y no tardó en darle, tras una hija primero, un heredero, quien luego sería Alfonso VII. Pero su señor abuelo había vuelto a matrimoniar, por cuarta vez, con una princesa mora, viuda del hijo del rey poeta Almotamid de Sevilla, que de Zaida paso a llamarse Isabel y que trajo al mundo el ansiado vástago real, al que puso el muy castellano, y desdichado a lo que se fue viendo, nombre de Sancho. 

Creció fuerte y avispado hasta los 12 años en que se truncó su vida en la terrible derrota de Ucles donde los almorávides aplastaron al ejército cristiano, acabando con siete condes castellanos y el infante al que intentaron proteger con sus propios cuerpos. 

Aquello hundió en la desolación al ya desgastado rey Alfonso VI que veía acercarse su final y temiendo por su reino y dado que Urraca había quedado viuda del borgoñón Raimundo entendió que lo mejor sería casarla con un rey de acreditada condición guerrera que defendiera el territorio de la terrible embestida africana y eligió a Alfonso I de Aragón, el Batallador, un guerrero temible, pero que se había criado entre monjes y ese espíritu tenía y ninguna afición, a lo que parece, por las carnales coyundas.

Urraca, que había nacido en junio de 1081 en León, había quedado viuda a los 26 años del borgoñón y con dos hijos, la infanta Sancha que fue educada por su tía Doña Elvira, señora de Toro y, Alfonso, quien fue educado desde niño en Galicia. Ello se debió a que Alfonso VI había partido aquel reino entre sus dos hijas, natural y legítima, con el título de condesas, Teresa, casada con otro noble franco, Enrique de Borgoña, el Portucalense, origen de Portugal, entre el Miño y el Duero y el que siguió conservando en nombre de Galicia, para Urraca y el primo del primero, Raimundo, quien murió en 1107. A su fallecimiento, fue ella quien siguió al frente del señorío aceptando la condición de permanecer soltera pues, en caso de volverse a casar, el condado pasaría a su hijo Alfonso.

Pero llegó la tragedia de Uclés (1108) y muerto el infante y heredero Sancho, solo quedó Urraca como sucesora. Era algo que se salía de lo habitual, aunque algo parecido había sucedido con doña Sancha, la madre del propio Alfonso VI que, nominalmente, era reina de León, pero quien verdaderamente reinó y como rey fue su marido, el castellano Fernando I el Grande. Quizás ese ejemplo de sus padres determinara a Alfonso VI a adoptar la solución que a la postre se impuso. Urraca sería reina pero casada, ahora por obligación, con el aragonés Alfonso el Batallador.

 Imponerlo no resultó fácil al monarca. Los nobles castellano-leoneses preferían otro candidato que fuera del propio reino. Dos eran los más apoyados, ambos de la poderosa estirpe de los Lara, su cabeza, el conde Gómez González, favorito de nobleza y clero, o bien el conde Pedro González de Lara, también más al gusto, o del interés, como más tarde se vería de la futura reina. Pero, a la postre, se impuso la voluntad del monarca y se consumó aún cuando éste ya había muerto , pues lo hizo en julio de 1109 y los esponsales se celebraron en octubre.

 No tardó el matrimonio en demostrarse desdichado, aunque su primera finalidad pareció cumplirse, tras haberse apoderado los almorávides de importantes plazas en la frontera del Tajo durante el verano del 1109 el Batallador batió y dio muerte al emir zaragozano, que animado por los éxitos de los africanos intentó una campaña invernal en Aragón, en la batalla de Valtierra. 

Pero el acuerdo matrimonial tenía ponzoña dentro. El hijo de Urraca, Alfonso Raimúndez, perdería la condición de heredero si del matrimonio con el aragonés nacía un nuevo vástago. El obispo de Santiago, Gelmirez, tutor del infante Alfonso, y el conde de Traba, Pedro Froilaz como cabeza de la nobleza gallega no estaban dispuestos a aceptarlo. El nombramiento por el Batallador, de nobles navarros y aragoneses como alcaides de los principales castillos leoneses y castellanos hizo que la nobleza de esas tierras también se revolviera.

La rebelión comenzó en Galicia y allí se dirigió Alfonso con su ejército y en compañía de la reina. Impuso su genio militar y la aplastó de manera fulminante. Pero su ferocidad, ajusticiando a quienes se rendían, hizo que Urraca abandonara la región. El matrimonio, además, y ya desde el comienzo, hacia agua por todos lados. El rey unía a su misoginia, la violencia física contra su esposa. Urraca lo acusó de haberla golpeado con pies y manos. El clero, que siempre se había opuesto al mismo, encontró el apoyo del papado, por la supuesta consanguinidad de los cónyuges y Urraca tras hablar con los obispos más allegados tomó la decisión de separarse de él. Comenzaría la larga pugna por la nulidad pero los derechos de Alfonso el Batallador sobre el reino leonés y castellano sufrirían una perdida determinante de legitimidad.

Buena parte de los burgos apoyaba al aragonés y también lo hacían importantes ciudades y sus milicias. Su capacidad militar se imponía. Era quien ganaba las batallas y rendía las plazas contra los partidarios de la reina. El primero, el pretendiente a su mano, el conde Gómez González que había sido alférez de su padre y que ahora se decía y no faltaban indicios, era ya también su amante. En él, haciendo onerosos pactos con su hermanastra Teresa de Portugal y su marido Enrique de Borgoña se apoyó Urraca para intentar mantener el pulso. Pero lo poco que avanzaban les era, no solo de nuevo arrebatado, sino que cada vez se veían más arrinconados. De hecho, el rey acabó por apresarla y encarcelarla en la fortaleza de El Castellar, acusándola de adulterio con el conde Gómez González, aunque este mismo junto con Pedro González de Lara lograría libertarla. Tan solo para que después el Batallador volviera a infligirles una dura derrota en Candespina. 

Tras haber recobrado la libertad, la reina había logrado con mucho tino una alianza con los partidarios de su hijo, el infante Alfonso y de muchos nobles de los tres reinos, Galicia, León y Castilla, pero no contó con la traición de los condes de Portugal, Teresa y Enrique, que cambiaron de alianza y se unieron a su esposo y enemigo. La batalla fue desastrosa para ella y cuando, además, el conde Pedro González de Lara, su otro pretendiente, huyó del campo viéndose vencido el resto de las tropas fue deshecho y su mayor sostén, el conde Gómez González, muerto. La suerte parecía echada. Y militarmente, lo estaba a pesar de que Urraca volvió a poder contar, aunque a cambio de cesiones territoriales enormes, con su hermanastra Teresa y Portugal. En el año 1112, tan solo Galicia, aunque en realidad de los partidarios de su hijo Alfonso, Asturias y León le permanecían bajo su mandato y ello a duras penas pues tras incluso un intento de reconciliación frustrado, su todavía marido se había apoderado de la inmensa mayoría del territorio e, incluso, entrado en Toledo, aunque allí le permanecía leal el fiel Alvar Fáñez, que en soledad había defendido la frontera contra los embates almorávides junto con el arzobispo metropolitano. En 1114, en una revuelta contra ella en Segovia mataron a Alvar Fáñez, el buen Minaya de los cantares, y todo pareció definitivamente desplomarse para Urraca pues la frontera del tajo volvió sus ojos a el Batallador como único en poderla socorrer.

El único y ya casi exclusivo apoyo que le quedaba a Urraca era el poder eclesiástico enfrentado totalmente con el aragonés. La nulidad del matrimonio ratificada por el Papa era el objetivo y en ello se esforzaron aunque la consanguinidad era cuestionable y había que remontarse nada menos que a un bisabuelo. Pero había muchos elementos que añadir y amén de él no haber tenido hijos se anotaba la propia acusación de la reina contra su marido de intentar acabar con la vida de su hijo. «Era la pasión tan terrible, que la reina afirmaba que con gran furor y odio procuraba la muerte del infante, creyendo suceder en el reino». Finalmente, ya viendo que, incluso, se le amenazaba de excomunión si no aceptaba la anulación del matrimonio ya acordada por la curia castellano-leonesa decidió asumir el argumentario de sus contrarios y repudiar a Urraca y renunciar a sus supuestos derechos, aunque conservó no pocas de las tierras limítrofes con Aragón de las que se había apropiado.

Pero no por ello llegó la paz. Se abrió entonces el problema gallego con los partidarios de su hijo Alfonso, todavía un niño. El obispo Gelmirez lo quería elevar a la corona de todos los reinos, el conde de Traba pretendía una Galicia independiente. La reina Urraca hubo de enfrentarse a ambos, sobre todo al segundo, en un continuo juego de alianzas y traiciones. Al fin, y con astucia, aunque en una ocasión casi la mataron en Santiago, donde fue golpeada, apedreada y, desnuda, arrastrada por el barro, salvándose de milagro de la turba y un coraje que no le faltó nunca logró sino vencer, sobrevivir y mantenerse en el trono y salvarlo para su hijo, utilizando con mucha habilidad su figura. El pacto reconociéndolo como su heredero amainó mucho las revueltas aguas. El joven Alfonso entró en Toledo, dando por concluido allí el poder de su padrastro. Urraca consiguió, además, que su ya ex marido, cuyo objetivo esencial ahora era la conquista de Zaragoza se aviniera a irle cediendo territorios como la poderosa Atienza, Siguenza y Osma y que su hermanastra Teresa hiciera lo mismo con Talavera de la Reina, pero no pasaban a ella sino a su hijo en régimen de infantado, y bajo la tutela del obispo de Toledo. También logró reconquistar a su hermanastra Toro y Zamora y tras una nueva intentona de esta cruzó el Miño, la derrotó y hubo de reconocerla como soberana. Habría de esperarse a que su hijo Alfonso Enríquez se proclamara, muertas ambas, rey de Portugal.

A partir de 1118, cierta paz se extendió por el reino, su exmarido triunfaba contra los almorávides, tomaba Zaragoza y los derrotaba con contundencia en Cutanda y pactó con él, finalmente en Burgos, una tregua definitiva. Con los ayos de su hijo mantenía una mejor relación y gozaba del apoyo de la nobleza pues a la postre había convertido a Pedro González de Lara en su amante con el que acabó por tener dos hijos más, Elvira y Hernando. Pero no acababan nunca las revueltas, la de León fue peligrosa, llegando a apresar al Lara y cercarla a ella, pero logró liberarlo y sofocarla. 

Pero fue entonces cuando cometió uno de sus peores errores, pues tras aliarse con Gelmirez, habían reducido al conde Pedro Froilaz, penetrado en Portugal y cercado su hermana Teresa, sintiéndose fuerte, pretendió también acabar con el poder del obispo compostelano y lo detuvo. No contó con su hijo Alfonso, quien leal a su valedor desde niño abandonó a su madre y se unió a las fuerzas de conde Floilaz. La rebelión gallega ardió de nuevo ahora encabezada con energía por el propio heredero. Urraca hubo de liberar a Gelmirez, pero todo estaba ya roto y para mayor problema Teresa acabó como amante o hasta esposada con el conde de Traba. 

Negociación

Y ahora, fue la coalición de todos ellos la que exigía su abdicación y la entrega de la corona a Alfonso VII. Los ejércitos de ambas partes estuvieron frente a frente pero finalmente no se produjo la batalla y se optó por la negociación. Quien aprovechó la coyuntura fue su hermanastra Teresa para recuperar toda la zona del Miño que había perdido.

Con la intervención papal y, curiosamente, la de su ex marido el Batallador, que actuó esta vez conciliadoramente y el buen juicio que comenzó a mostrar el futuro Alfonso VII que estaba a punto de llegar ya a su mayoría de edad las aguas volvieron a su cauce. Urraca renovó su acuerdo con Gelmirez, este? armó caballero al joven Alfonso y, con ello, mayor de edad de pleno derecho. Entre todos metieron en cintura a Pedro Froilaz, apresándolo junto a sus hijos, pero no pudieron hacer lo mismo con Teresa que se mantuvo firme en sus tierras. Madre e hijo se avinieron esta vez definitivamente pues la reina, tras haber pasado en su compañía la primavera de 1125 en Galicia, regresó a Castilla donde murió, en el castillo de Saldaña en marzo del año siguiente. Fue enterrada en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León, que habían engrandecido sus padres, Fernando y Sancha y embellecido aún más su tía, la infanta Urraca. 

Su hijo Alfonso se presentó de inmediato en la capital leonesa y allí fue proclamado rey de León. También lo fue de Castilla, de Castilla, de Toledo y, por supuesto, de su Galicia. Acabaría por ser coronado como Emperador, sobrenombre por el que pasaría a la historia. A aquel magno acontecimiento acudió, desde su ducado de Tolosa, su primo, Alfonso del Jordán quien años más tarde mataría en duelo al último amante de Urraca, el conde Pedro González de Lara. 

Alfonso VII repudió desde el comienzo las formas y actos del reinado de su madre y las crónicas de aquel siglo y los posteriores fueron muy poco compasivas y sí muy duras con ella, señalando sobre todo sus pasiones y no queriendo ni atisbar ninguna virtud en ella. Mucho tuvo que ver en ello su condición de mujer y quizás sea ahora, llegado el momento de decir que supo, y en gran soledad y a veces total desamparo, pelear con bravura por su reino y conservar el trono.