Tristeza digital

Agencias
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El abrupto final de las clases presenciales y el confinamiento ha llevado a que los chavales pasen mucho tiempo 'pantallizados' y enganchados a las redes sociales, que no están exentas de riesgos

Tristeza digital

Una de las peores consecuencias del confinamiento ha sido el excesivo uso de las nuevas tecnologías por parte de nuestros hijos que, en circunstancias normales, probablemente no se hubiera permitido; si bien en muchos casos ha sido una ayuda para poder teletrabajar, o bien les han mantenido entretenidos durante las largas horas que ha habido que estar en casa.
De ese tiempo delante de la pantalla, buena parte  lo habrán pasado en las redes sociales, que no están exentas de ciertos riesgos. «Los peligros no son las redes sociales en sí mismas, sino el uso inadecuado de ellas y el acceso a edades precoces  sin ninguna supervisión adulta. Existen muchos peligros descritos, como por ejemplo el sexting, grooming, los ciberchantajes, las adicciones a videojuegos, el acceso a contenidos inadecuados de contenido pornográfico o violento, el ciberbullying, o las apuestas on line entre otras», afirma la doctora Rosa Funes, neonatóloga del Hospital Universitario Príncipe de Asturias (Alcalá de Henares).
En su opinión, parte de los adolescentes de hoy en día viven en un mundo paralelo donde lo que más valor tiene muchas veces son los likes (o me gusta) que reciben de sus seguidores. «Inicialmente, las redes sociales suelen proporcionarles felicidad, placer, diversión, pero si esto no se acompaña de una vida social satisfactoria, completa y sana, el constante contacto con el teléfono y con las redes sociales esperando un determinado número de me gusta, envidiando el físico o el nivel de vida de otros, por ejemplo, puede llegar a provocar sentimientos de baja autoestima y de frustración», advierte.
Es más, asegura que las redes sociales no les proporcionan lo que desean, y la soledad tecnológica se convierte en «tristeza tecnológica o digital».
Muchos jóvenes se empeñan en colgar su vida en redes, cientos de selfis mostrando su felicidad a veces absolutamente falsa. Buscan el reconocimiento de los demás. Se juzgan unos a otros constantemente. Pueden tener miles de amigos digitales y no tener con quien llorar o reír un rato. La socialización de hoy es on line, más que en persona. Los sentimientos se expresan más por emoticonos que por gestos reales», sostiene la doctora Funes.
Sin embargo, algunos psicólogos hablan de que son más felices aquellos chavales que hacen actividades sin pantallas que los que están mucho tiempo frente a ellas.


No es una patología

Ahora bien, la neonatóloga subraya que la tristeza digital «no es una enfermedad», sino una característica del carácter de muchos adolescentes que están enganchados a su móvil, que no terminan de encontrar lo que buscaban en las redes y estos se sienten vacíos a pesar de su éxito en el mundo digital. Según cuenta, el término tristeza digital lo leyó por primera vez en el ensayo Tristes por diseño (Consonni), de Geert Lovink, un teórico de medios y crítico de internet que fundó el Instituto de Culturas de la Red de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Amsterdam.
«Lógicamente, siempre que existe una tristeza desmedida se pueden ir añadiendo otras situaciones que no sean nada favorables, como puede ser la pérdida de autoestima, los cambios de carácter incontrolados, la apatía, la adicción a las redes o los videojuegos, y secundariamente se abandonan actividades deportivas o de ocio al aire libre, lo que es menos saludable, aparte de que a veces padecen ansiedad o nerviosismo, por ejemplo», remarca la especialista.
A la hora de sospechar si su hijo presenta tristeza digital, la doctora Funes recuerda que generalmente los adolescentes son rebeldes, impulsivos, tienen cambios de humor y son en general difíciles de tratar.
«Si hablamos de adolescentes es complicado determinar cuánto del cambio de carácter que sufre se debe a un mal uso de las redes sociales, y cuánto al cambio natural», advierte la neonatóloga.
En los niños más pequeños subraya que es más fácil detectar cambios en el comportamiento: «Un niño que no quiere jugar, que solo quiere estar frente a una pantalla es un niño que nos debería preocupar».


Cómo ayudarles

Los padres son los principales educadores del niño y no deben subestimar el poder de la tecnología para dañar a los más pequeños si no se es cuidadoso. Funes indica que la Academia Americana de Pediatría recomienda que los menores de dos años no tengan ninguna exposición a las pantallas. «Puedo asegurar que esto no se está cumpliendo en absoluto», agrega.
De hecho, lamenta que basta con observar a nuestro alrededor y ver que hay muchos niños pequeños en restaurantes, por ejemplo, y con teléfonos para que dejen de molestar. «No prestamos atención y al final el tiempo de exposición es excesivo y repetido», indica. 
En este sentido, puntualiza que entre los dos y los cinco años podrían estar entre media y una hora al día; entre los siete y 12 años solo una hora, y con un adulto delante y nunca en las comidas; mientras, entre los 12 y 15 años no más de hora y media, y prestando especial atención a las redes sociales; y en los mayores de 16 años solo dos horas.



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