Los aplausos y los parados

Antonio Pérez Henares
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La propaganda pudo por algún momento tapar el descomunal desaguisado, la dejación, ineptitud y la mentira con la que Sánchez castigó a la sociedad

El grupo socialista aplaude a su líder en el cierre del curso político antes de las vacaciones en el Congreso, con un Pleno en el que Sánchez detalla el fondo europeo de recuperación - Foto: Pool

La encuesta de población activa (EPA) ha cantado lo sucedido en el segundo trimestre, abril, mayo y junio: un millón largo de puestos de trabajo perdidos. El peor dato de la historia, 300.000 más que el peor de la terrible crisis del 2009. Y es engañoso encima porque queda todavía otro millón y pico de personas que siguen en ERTE, o sea parados temporales, cuya reincorporación al trabajo cada vez se presenta más difícil. Las últimas noticias del turismo, las decisiones de los países clientes y las ayudas de don Simón han asestado la definitiva puntilla a lo que era ya muy grave y es ya en muchos casos letal e irreversible.
La propaganda incesante y campanera del Gobierno pudo por algún momento ir tapando el descomunal desaguisado, la continua sucesión de dejación, ineptitud y mentira con que se ha castigado a la sociedad española por parte del presidente Sánchez, sus socios de poder y sus cómplices mediáticos. 
El rodaje del spot publicitario de la llegada del triunfador sobre el virus y los europeos pérfidos pretendía, al igual que el desvaído acto de duelo por las víctimas ocultando a cerca de la mitad de los muertos,  llevar a la población la sensación falaz de asunto superado. Y esto no solo no está superado. Es que estamos cada vez más amenazados por un segunda ola de contagios, cada vez más generalizada e inminente y los responsables de controlar el virus, al igual que ya hicieron, siguen haciendo el ganso y saliendo a sandez por día. Y la pretensión de volver a salir del paso con las mismas milongas con que salieron es que ya no hay quien se la trague. Ni siquiera los que comulgan con las ruedas de molino. Un millón largo de parados y otro en espera no lo tapa ya ninguna película de Producciones Redondo.
La realidad, a la que se ha cerrado la ventana, o sea las teles, está derribando la puerta de las casas a patadas. El impacto de la crisis por mucho que se oculte alcanza cada vez a más hígados y toda la palabrería desarma en el instante que la angustia atraviesa el umbral de la cocina. Eso ya está aquí, se notará aún más en septiembre y cuando llegue el invierno el frío estará ya metido hasta los tuétanos.
No es una cuestión de juegos y cábalas de Gobierno a lo que vamos a tener que enfrentarnos, sino de pura y dura supervivencia y, ante ello, cada vez se va a hacer más perentorio el tomar las decisiones de nación, de Estado, que va a ser obligado el ir tomando, siendo lo de menos, incluso, quien es el que duerme en La Moncloa, que puede seguir siendo el mismo. No hay posible mayoría alternativa pero no se puede seguir en esta deriva y en estos delirios. Ni lo va a permitir Europa, que es quien ha de aportar los fondos, condicionados a que se cumplan unos requisitos mínimos y asumibles, pero también imprescindibles y de obligado cumplimiento. Y no lo va a permitir tampoco una sociedad que el pedrisco caiga sobre la gran mayoría de las cabezas. Que escarmentar en cabeza ajena ya se sabe que no lo hacemos pero, cuando es en la propia, la cosa cambia mucho.


Catastrofistas

En marzo, a algunos nos llamaron catastrofistas y agoreros, seguro que no tardarán en volver a hacerlo. Serán de nuevo los mismos y con las mismas. Pero esta vez no llueve sobre mojado es que esto ya es socarrar lo que ya está quemado. En verdad, lo sorprendente es que aún quede aún quien le ría las gracias al Simón ese. Que me da a mí, que cada día hay menos que se las ríen y no veo yo por la calle a paseantes con su camiseta sacándonos la lengua. No creo que los cuatro millones contados de parados, que son bastantes más como pasa con los muertos escondidos, tengan muchas ganas de unirse a los aplausos de los ministros ni volver a hacerlo en sus balcones.