«Agonizamos hace meses y no queda oxígeno que respirar»

Feli Agustín
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Hosteleros de Laurel y San Juan muestran su malestar por un cierre que les va a minorar sus ingresos hasta en un 80% y estiman que hubiera sido más adecuado la clausura completa

Clientes de Laurel, cuyos establecimientos deberán cerrar a las 5 de la tarde, al igual que toda la hostelería de la región. - Foto: Óscar solorzano

Representantes de las zonas de pinchos más emblemáticas de Logroño, Laurel-San Agustín y San Juan, han mostrado su malestar, no exento de hartazgo, por las medidas adoptadas por el Gobierno de La Rioja, decisiones tomadas sin consultar con los afectados, a quienes tampoco se informó de las mismas.

«Estamos acostumbrados a que nos abran, nos cierren... un movimiento más que viene a ser la puntilla para muchos negocios», afirma Fernando Elías, presidente de la Asociación de Hosteleros de la Zona de La Laurel, que calcula que el cierre de los establecimientos a las 5 de la tarde supondrá una merma en sus ingresos del 80%.

Con cierta resignación, estima que es necesario adoptar medidas «drásticas» para acabar con la pandemia porque «todos estos apaños no consiguen nada». De hecho señala que, exceptuando los meses de verano, el resto del tiempo «ha sido todo un auténtico desastre», tanto desde el punto de vista sanitario como el económico.

Recuerda el viacrucis que atraviesa la hostelería, en particular desde septiembre, con el colofón de una Navidad en la que «no se trabajó prácticamente nada, fue un desastre;nos vemos abocados a una ruina total». Elías afirma que hubiera sido más adecuado una clausura completa, aunque reflexiona que la actual modalidad es un «cierre encubierto» porque no se pueden mantener empleados «si te quitan la tarde», que es cuando facturan el grueso de sus ingresos. 

«Es un sector que lleva agonizando hace meses y ya no nos queda oxígeno para respirar», asegura el presidente de una asociación que agrupa a unos 70 locales y entre 500 y 600 trabajadores.

Cuestiona que si el cierre de los establecimientos no esenciales es a las 5 por qué no se fija el toque de queda a las 6. «¿Qué va a hacer la gente si esta todo cerrado? Mejor meternos a todos en casa», argumenta el hostelero, que cree que esta medida hubiera sido más «inteligente». Elías, con cierta desesperación, lamenta la «dramática» situación que atraviesan la práctica totalidad de bares y cafeterías, que se enfrentan a nuevos impuestos y deben seguir pagando parte de la Seguridad Social de sus empleados, a pesar de que no están trabajando. A todo ello, suma la dilación en hacer efectivas las subvenciones del Gobierno de La Rioja, con quien «cada vez es más difícil hablar».

«Vamos a quedar muchos por el camino, pero no solo de hostelería, sino también muchos de nuestros proveedores y comercios aledaños, que se resienten de la ausencia de turistas», asegura el presidente de Laurel, cuya clientela se conforma con un 70% con visitantes. Afirma, no obstante, que están «muy agradecidos» al comportamiento de los logroñeses, aunque reconoce que para la estructura de sus negocios «no son suficientes».

Argumentos similares manifiestan el presidente de la asociación de bares de San Juan, Alberto Rodríguez  Iturza, que no se cansa de repetir que el sector ha acatado todas las restricciones y cumplido a rajatabla las normas higiénicas.

Reflexiona la relevancia económica que para Logroño supone la hostelería y asegura que hay muchos negocios que van a ser incapaces de hacer frente a las nuevas restricciones. «Culpa nuestra no es, sino estaríamos todos los hosteleros contagiados», apunta Rodríguez, que muestra su disconformidad con las medidas adoptadas ayer por el Ejecutivo regional.

Coincide con su homólogo de Laurel en que hubiera sido más adecuado un cierre de la hostelería durante todo el día y cree que, con el cese de la actividad a las 5, se propicia el agrupamiento en «chocos, bajeras o chamizos».

Resalta que lo están «pasando  muy mal», facturando la mitad, un estado que se verá acentuado;de hecho, asegura que se plantea cerrar su establecimiento, el Torres, donde la plantilla se ha reducido de nueve a tres personas. «Nos están apretando tanto que acabaremos ahogándonos», se queja Rodríguez, que lamenta el olvido al que les somete el Gobierno,  «que ni informa, ni consulta, ni ayuda».