Todo alrededor de una glorieta

Bruno Calleja Escalona
-

El Ayuntamiento, que compró el terreno a los Carmelitas por 600 reales de vellón, proyecta devolver la vida que siempre tuvo a la Glorieta, donde el botánico Zubía cultivaba sus plantas

Estampa costumbrista de la Glorieta en 1940, con su puesto de refrescos y animación entre el paisanaje. La situación actual, menos acogedora, ha llevado al Ayuntamiento a plantearse su reforma. - Foto: Colección de Taquio Uzqueda

Toda ciudad tiene su espacio carismático, un punto céntrico donde la gente queda o donde se realizan eventos públicos. En Logroño, la Glorieta del Doctor Zubía es uno de esos lugares castizos, que han vivido mil vicisitudes y que hoy espera una reforma para adaptarse a los tiempos.

Sus orígenes hay que buscarlos en los jardines del antiguo convento de Carmelitas, extramuros de la ciudad, del cual hay referencias en 1651. Además del edificio monástico, contaba con huertas y otros espacios, que el 24 de marzo de 1841 pasaron a manos del Ayuntamiento por 600 reales de vellón, como relata el cronista Jerónimo Jiménez. El objetivo era crear un nuevo espacio extramuros, que comunicase con la puerta de la muralla. Estos espacios, fortificados en el periodo 1837-39, llegaban hasta el entorno de la calle Juan XXIII. Por aquella época, la plaza se llamaba Glorieta de la Victoria.

En 1862, la orden de derribo de las murallas permitía a la ciudad crecer hacia el este. La construcción en 1862 de la Plaza de Toros de la Victoria hizo de la glorieta lugar de tránsito y alumbró una nueva calle: Senda de la Plaza de Toros. En 1890 se urbanizó un camino hacia el convento de las Adoratrices y en 1891 se colocó la estatua de Sagasta.

La zona tomó su forma definitiva con el Plan de Alineaciones de 1869, diseñado por Maximiano Hijón, considerado el primer ensanche de Logroño. El derribo en 1895 del convento de los Carmelitas, que desde 1842 servía como Instituto de Segunda Enseñanza, supuso otra reforma de la plaza, que contó pronto con el nuevo edificio docente, diseñado por Luis Barrón. El 7 de enero de 1897, el Consistorio renombró la plaza como Glorieta del Doctor Zubía, en honor al insigne farmacéutico y botánico, que según Jerónimo Jiménez cultivaba sus plantas en estos terrenos. Durante el primer tercio del siglo XX, la plaza mantuvo su forma decimonónica. En 1937 se diseñaron nuevos espacios ajardinados y se colocaron unos lagos con figuras, luego sustituidas, por su mal estado, por otras esculpidas por Vicente Ochoa. En 1953, se pensó en el espacio de la Glorieta para colocar el quiosco del Espolón, pero finalmente se descartó. En 1976, la escultura de Sagasta volvió a su lugar en este espacio. En 1990, la plaza sufrió su mayor reforma hasta ahora, dándole el aspecto que muestra hoy.